¿Y si en el 2009 nos atrevemos todos a desear?




La vida de todos nosotros está regida tanto por los deseos como por los miedos. Quizá sea el momento de desequilibrar la balanza y apostar en serio por los sueños.

Por Angela Pradelli*



Aquel año, al volver de la escuela después de dar mi última clase de literatura, solía cruzar por la barrera clausurada que está en los fondos de Turdera. El lugar era solitario, pero se cortaba camino. A pocos metros de la barrera hay una plazoleta con forma de triángulo que tiene una pequeña gruta enrejada y la imagen de una virgen que se erige hacia el oeste. La plazoleta está ubicada en forma paralela a las vías y aunque nunca se ve gente allí, siempre hay ramos de flores frescas enganchados a la reja de la gruta.

Un jueves vi a una de mis alumnas del secundario. Estaba con su chico y los dos, sentados sobre el banco de material frente a la virgen, se besaban con una entrega propia de devotos. Había que ver la pasión de la muchacha y la exaltación de ese cuerpo. Así fue cada jueves, durante muchos meses.

En "El beso", Antón Chéjov narra la historia de Riabóvich, quien al entrar a un cuarto a oscuras recibe un beso de una desconocida que luego se marcha. El beso reformula la vida del personaje en términos de deseo: "se entregó por entero a una sensación nueva, que hasta entonces no había experimentado. Le estaba sucediendo algo raro. En la mejilla, a la izquierda del bigote, donde lo había besado la desconocida, le palpitaba una agradable sensación de frescor. Estaba colmado de un nuevo sentimiento extraño. Sentía ganas de bailar, de hablar, de correr al jardín, de reír a carcajadas. Se olvidó de que era encorvado y gris, de que tenía patillas de lince".

Chejov supo narrar en este cuento la potencia del deseo y el modo en que enciende un cuerpo. Como Riabóvich, mi alumna de Turdera irradiaba la luz de quien está transido por el desear. Un jueves, al cruzar la barrera, mientras la muchacha besaba a su chico devorándoselo, pensé que en algo se parecían los besos y la escritura. Besar y construir un personaje son dos acciones que implican una exploración en la que indagamos al otro mientras que, al mismo tiempo, el propio cuerpo se revela como un territorio pleno de sentidos.

-¿Así que usted también cruza por la barrera clausurada, profesora? -me preguntó mi alumna una mañana mientras entrábamos al aula. Entonces supe que ella también me veía.

Lo de la paloma sucedió a fin de año. Habíamos dejado la puerta abierta porque hacía calor. Los alumnos estaban escribiendo y había en el aula ese silencio denso que se da mientras los estudiantes escriben. De pronto la muchacha de los besos gritó. Estaba pálida y unas manchas rojas habían empezado a brotarle en el cuello. "¿Qué pasa?", le pregunté. La muchacha se retorcía sobre su banco aterrorizada, con la vista clavada en una paloma que avanzaba por la galería en dirección a la clase. "Profesora, saque esa paloma, me imploró. Saquelá".
A pesar de los gritos. la paloma llegó hasta el aula, se detuvo bajo el quicio de la puerta y amagó con entrar. Entonces la muchacha volvió a gritar. Ella, que cada jueves se metía en el misterio cavernoso del cuerpo de otro, se aterraba ahora frente a la mansedumbre de un ave de patas delgadas y frágiles.

Pensé entonces que la muchacha encarnaba de algún modo la estructura básica de la vida humana, en el sentido de que ésta se desarrolla sobre estos dos pilares: los deseos más viscerales y los propios terrores. Miedo y deseo son ejes que marcan nuestros días y deciden nuestros actos, mueven nuestros pasos hacia aquí o hacia allá.

Tal vez incluso toda la literatura pueda dividirse en estos dos temas, ya que los personajes desean -o temen - la muerte, el futuro, lo desconocido, el poder, la gloria, la vida, al otro.
Somos seres deseantes. Pero habitamos un mundo que por momentos nos deja perplejos porque todo parece flotar en un sinsentido que va hundiéndonos. Son momentos en que el deseo se descompone y la visión de sus restos desintegrados nos enceguecen, nos opacan. Nos transformamos entonces en seres miedosos. Pero salimos de la perplejidad aferrándonos otra vez a un anhelo que nos impulsa hacia adelante. Tejemos nuestra compleja interioridad sobre estas dos columnas que en esencia son el miedo y el deseo.

Hace poco, volviendo en combi hacia Adrogué, me encontré con aquella alumna. Me contó que le faltaba poco para terminar una carrera universitaria y que ya estaba conviviendo con su pareja.
Entonces recordé la hondura y la avidez de aquellas escenas de descubrimiento y aprendizaje frente a las vías de un suburbio solitario.

-¿Y aquel asunto? -le pregunté.
-¿Cuál? -me inquirió ella.
¿El de las palomas?
Ah, profesora -dijo y tiró la cabeza hacia atrás. Estoy cada vez peor.

Cuando la muchacha de los besos y las palomas se bajó en la curva de Turdera, enfiló por una de las calles laterales. Y estaba feliz. Después me acomodé en el asiento, la combi volvió a arrancar y retomamos el viaje hacia destino. Tuve la certeza de que nunca podremos ahuyentar del todo a las palomas que merodean nuestros cuerpos. Pero, por qué no desear. Y que los deseos sean una cuestión central en nuestras vidas, que tracen los caminos por los que elegimos andar.

Estamos próximos a estrenar un año. Al brindar, por qué no ponerles las palabras precisas a nuestros deseos para el 2009 y pronunciarlos por fin con todo el aire.


*Escritora y docente, premio clarin de novela
Fuente: Clarín - http://www.clarin.com/diario/2008/12/29/opinion/o-01830235.htm

Enviada por: Rolando Revagliatti - e-mail: revadans@yahoo.com.ar

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